El Club

El Club (2015)

Pablo Larraín

La proyección del Club constituye una acción insurgente ante unos actos que gran parte del sistema sociopolítico occidental evita sean tratados públicamente. Queda todo en reserva y en acuerdos bajo la mesa.

Esta negación se podría interpretar como la aceptación de sus protectores y protegidos de conceptualizar el asunto a la  mera reducción de: efectos colaterales de una Iglesia Católica  que es parte integrada al troquel que nos moldea. Su agrietamiento moral pondría en riesgo toda la Matriz

En una casa de verano, cuatro curas en inactividad son invitados a nunca salir de ella  y mucho menos a socializar con los lugareños. Una monja sin carnet velará de que así sea, convocándolos a que sus voces no traspasen el sonido del mar, a hablar en susurros.

Larraín evita abusar de las imágenes para no caer en superfluidad visual, lo que llamaríamos pornografía argumental. Sustituye este recurso por unos diálogos tan descriptivos como alarmantes, incentivando nuestra imaginación a la recreación de escenas perturbadoras; así tomamos conciencia de la magnitud  del monstruo que el director desnuda.

La fotografía busca ser lo más espontánea posible, no huye de las sombras, convive con el contra luz y rechaza la iluminación artificial. Todo lo que vemos a través de la lente desborda realismo.

Alfredo Castro, quien ha estado en todas las películas del director, encabeza el casting junto a otro tótem de Larraín, Antonia Zegers. Son dos actores en lo que claramente se apoya la película. Sus interpretaciones motivarán sentimientos encontrados en el espectador. No podrán empatizar con estas almas, pero tampoco odiarlas.

Aunque lean la palabra monstruo en esta reflexión, El Club no es un filme de ángeles y demonios. La visión del conflicto que nos muestra el chileno tiene escalas de grises. Algunos de sus victimarios son también víctimas del Sistema, del real Monstruo.

Calificación: 4.5/5

Por: José Maracallo